Opinión

Cuando el fútbol es alegría y un espejo

Por Walter Calabrese *

El fútbol en Argentina es pasión pura, es volver a la niñez todo el tiempo para recrear lo lúdico del juego. El fútbol es amistad, es juntarse para un picadito. Es el ritual de ir a la cancha o juntarse para ver a la selección, o a tu cuadro de siempre. Eso trasciende cualquier lectura política-ideológica que se quiera forzar.

Nuestra cultura futbolera forma parte de nuestra idiosincrasia, somos apasionados, gambeteadores de obstáculos, resilientes en la adversidad, incondicionales con nuestros colores. Es lealtad férrea a una camiseta, es lo único que el hombre o la mujer nunca traiciona.

El fútbol argentino es similar a nuestra economía, no puede encuadrase dentro de ninguna escuela clásica. Es indescifrable, pero con una capacidad de recrearse inusitada.

Nuestro fútbol es alegría, por eso nos convoca sin pensarlo. Más de cuatro millones de personas salieron espontáneamente a las calles para saludar a los campeones en la llegada al país. Fue un abrazo interminable con los jugadores.

Gracias campeones por esta alegría que nos envuelve en una bandera eterna que llega hasta los pies de Diego.

El día después de mañana

A los pocos días de los festejos por el campeonato alcanzado en Qatar tuvimos que volver a la realidad. A la brevedad, constatamos que la grieta permanece abierta, que no hay respiro para disfrutar de lo bueno, que seguimos en una guerra de trincheras en donde cualquier arma es válida para lastimar al oponente. Se guardaron las banderas y cada cual se puso la camiseta de su partido para disputar la liga local. Como dice el consultor político Hugo Haime, la fiesta no se trasladó a la política. Otra vez la guerra mediática, en Twitter, rosca con quinta a fondo en las redes sociales y en los pasillos de Tribunales. La historia sin fin, los discursos de odio reeditándose por doquier.

La política y su grieta interminable


No obstante, nos preguntamos qué podemos sacar en limpio el día después. Hoy se habla de que el logro de nuestra Selección es un ejemplo a imitar, por sobreponerse a la adversidad de la derrota en el primer partido, por seguir creyendo en sus fortalezas y habilidades a pesar de todo, de la unidad del grupo, de trabajar en equipo con objetivos claros. Sin duda es un buen espejo donde mirarse, un horizonte posible y deseable. Sin embargo, esa visión no implica que el resto de la sociedad vaya a la deriva, sin rumbo, sin sueños, que deambula arrastrando sus fracasos. No es aceptable la idea de que toda la sociedad se encuentre lejos de logros individuales y grupales. En muchos sectores existen líderes anónimos y grupos sólidos que trabajan en silencio, los hay en las escuelas, en la industria, en la ciencia, en la universidad, en el comercio. Sólo falta que se los reconozca y recompense correctamente.

La teoría de que somos un país de díscolos sólo sirve para la chicana política, alimentada por una grieta oxidada que busca desesperadamente buscar réditos políticos, incluso ante logros descollantes, como el del Campeonato Mundial Qatar 2022. Esa mirada descalificante no suma para la autoestima colectiva, porque nace de un pesimismo interesado en romper cualquier logro del adversario político y porque algunos políticos nunca se ponen la camiseta nacional, siempre defienden la suya, sólo les importan más los colores de su partido político. Un claro ejemplo es el de Juntos por el Cambio, que intenta proponer la camiseta amarilla como una bandera de progreso, pero no advierten que solo es un trapo mojado que va perdiendo color mientras lo manchan con sus miradas estrechas, como sucedió con el tema de la coparticipación o en sus viajes a un escondido lago del sur para urdir trampas y cocinar malas yerbas. Nunca entendieron lo que es un país federal, sólo los envalentona la avaricia.

A veces, el camino está bien claro ante nuestros ojos. Ganó un grupo de valientes, un verdadero equipo con un gran liderazgo dentro y fuera de la cancha. Es un buen espejo donde buscar respuestas para la construcción de nuevos consensos, aunque no es el único. También es una oportunidad para ver qué imagen nos devuelve ese cristal cuando estamos parados frente a él, y a partir de allí hacernos preguntas y revisar nuestras respuestas. Claro que para algunos políticos de JxC la luz que proviene del espejo les molesta, porque los traslada a una tierra desconocida para ellos, les incomoda estar donde es posible el respeto y el conocimiento para la convivencia democrática. Contrariamente, prefieren caminar en penumbras por los pasillos del Poder Judicial para cobijarse bajo sus alas.

Por otra parte, también en el Frente de Todos podrían pararse un rato frente a ese espejo para volver a las fuentes, les ayudaría a encarar una autocrítica que les recordara que el peronismo tuvo claro el camino cuando pensaban que todos unidos triunfarían con las banderas de la justicia social, la soberanía política y la independencia económica. Y también que puede existir la unidad en la diversidad en un frente electoral, sólo necesitan sentarse a dialogar y armar el mejor equipo. Si hay equipo, entonces la pregunta es ¿habrá que hablar más con el DT?

Si el fútbol puede reflejar parte de ese ser apasionado que es el argentino, también puede ser una invitación para canalizar esa potencia en otras áreas, porque existen liderazgos con visión, porque hay muchos héroes silenciosos que trabajan dignamente y apasionadamente cada día. También hay líderes con nuevas ideas en la política preparándose para construir mejor.

Es tiempo de repensarnos, de rescatarnos mirando en ese espejo el gran potencial que hay en la ciudadanía argentina. Es tiempo de romper con el pesimismo que transita a diario en algunos medios de comunicación. Es tiempo de mirar lo que podemos alcanzar con esfuerzo, y que en el contraste con nuestra realidad logremos ver cuán capaces somos de avanzar a pesar de todo, que podemos caminar hacia adelante a pesar de los agoreros de turno que operan tras las sombras junto a algunos grises personajes acostumbrados a habitar en el peor sótano de la política y del Poder Judicial.

No renunciemos a esa inmensa alegría que nos regalaron los jugadores, que nada empañe su logro. El fútbol es nuestra alegría, llevemos esa fuerza poderosa como bandera para alimentar la esperanza de una Argentina mejor. Es posible, hay muchos argentinos que pueden ponerse la diez y hacer un gran partido. Y la política también puede seguir esos pasos.

La grieta no nos representa como sociedad, es sólo un síntoma de la falta de acuerdos y consensos en la política. Tenemos mucho que aprender, sin duda, en particular, necesitamos comprender que es vital tender puentes para construir diálogos posibles a pesar de las diferencias.

*Magíster en Comunicación e Imagen Institucional

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