Por Walter Calabrese*
El domingo los ciudadanos decidieron en las urnas por la continuidad y consagraron a Laura Fernández como nueva presidenta de Costa Rica. La politóloga, de 39 años de edad, se instaló en la campaña como la heredera del presidente Rodrigo Chavez en un contexto sociopolítico signado por un debate centrado en la continuidad o no del modelo actual y temas como la inseguridad, el narcotráfico, el equilibrio institucional, la necesidad de mano dura y la economía.
Con el 94 por ciento de las mesas escrutadas, el Partido Pueblo Soberano, liderado por Laura Fernández, alcanzaba el triunfo con el 48,3 por ciento, con una gran diferencia sobre Álvaro Ramos, del Partido de Liberación Nacional, que obtenía el 33,3%. El oficialismo logró también imponerse en los comicios legislativos, el PPSO estaría consiguiendo 31 bancas, pero lejos de las 40 escaños a lo cual aspiraba para tener una mayoría que le permitiera avanzar con las reformas. Ahora, deberá lograr acuerdos con otros partidos en la Asamblea Legislativa en un escenario de debate parlamentario.
La jornada electoral se desarrolló con tranquilidad hasta las 18 horas, momento en que cerraron las urnas. Estaban habilitados a votar 3,7 millones de costarricenses para elegir entre 20 candidatos presidenciales y más de mil postulantes para ocupar los 57 escaños de la Cámara de Diputados. La participación alcanzó el 69, 5 por ciento, superando las expectativas, dado el alto índice de indecisos y la baja asistencia en comicios anteriores.
Laura Fernández es Politóloga y especialista en políticas públicas y gobernabilidad democrática y es la segunda mujer en sentarse en el sillón presidencial en Costa Rica, anteriormente, Laura Chinchilla, del socialdemócrata Partido Liberación Nacional, había gobernado entre 2010 y 2014.
En la noche del 1 de febrero, Fernández se acercó a sus seguidores y dio su primer mensaje como presidenta electa manifestando que se inicia una nueva etapa política. «Nos toca edificar la tercera república. El mandato que me da el pueblo soberano es claro, el cambio será profundo e irreversible», sostuvo, antes de confirmar que su gestión incluirá el «diálogo y conciliación», mostrando cierta apertura hacia la oposición.

“El pueblo habló, la democracia decidió. Costa Rica ha votado por la continuidad del cambio, un cambio que busca rescatar y perfeccionar las instituciones y devolverlas al pueblo soberano para crear mayor bienestar y prosperidad. Hemos dado ejemplo de cómo en paz las urnas electorales pueden alentar una auténtica revolución política”, enfatizó la candidata triunfante frente a sus seguidores reunidos en el Hotel Aurola, en San José, la capital del país.
Durante la campaña electoral Fernández apostó a la continuidad de la agenda que había iniciado Chavez, enfocada en el combate al narcotráfico y con la idea de declarar el estado de excepción en territorios conflictivos. De hecho, redobló la apuesta en el debate sobre la inseguridad con la llegada al país del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, en la recta final de la campaña. El jefe de gobierno salvadoreño vino para inaugurar junto al presidente Rodrigo Chavez el inicio de las obras para la construcción de una cárcel de alta seguridad similar al Centro de Confinamiento del Terrorismo. Inmediatamente todo el arco opositor interpretó la jugada como un respaldo explícito hacia la candidata oficialista, quien también mantenía un discurso de mano dura contra la delincuencia. Incluso Bukele afirmó que defendía el uso de la fuerza del Estado para enfrentar a los criminales y sugirió que su modelo puede aplicarse en Costa Rica. Luego habrá que evaluar cuánto influyó en las urnas la llegada de Bukele.
Cabe recordar, que su programa de gobierno está enfocado en cinco áreas estratégicas con 523 acciones precisas, entre ellas, 80 están dirigidas a afianzar la justicia y la seguridad humana, puntualizando el orden y la seguridad. Desde la oposición crece el temor a que esas iniciativas deriven en nuevo orden autoritario, tanto por su empatía con Chaves como por su cercanía con el programa de seguridad de Bukele.
El Partido Liberación Nacional aparece como el principal contrapeso de control político. Álvaro Ramos, rápidamente reconoció el resultado de los comicios y destacó que los votos alcanzados le otorgan una opción para vigilar al nuevo gobierno y sus reformas. «Le deseo a doña Laura Fernández que Dios le dé mucha sabiduría para gobernar y nosotros la respaldaremos cuando sus decisiones sean en bien del país y no lo haremos cuando no estemos de acuerdo», sostuvo el candidato del PLN. Sus palabras hablan de una oposición constructiva, pero aclaró que esa postura no significa otorgar un respaldo a cada decisión del nuevo gobierno.
Aunque aún no ha precisado los detalles de cómo sería la “Tercera República”, algunos críticos señalan que el objetivo principal apuntaría a reformar la Constitución Política y habilitar la reelección presidencial consecutiva. Fernández representa la afirmación del modelo político encabezado por Rodrigo Chavez, quien la ha presentado como la candidata de la continuidad del cambio y su heredera. Esa jugada le permitió transferir parte del capital político del actual presidente al capitalizar los buenos índices de aprobación que aún mantiene con un discurso antisistema y de tono populista.

Aunque la inseguridad es la principal preocupación de los costarricenses, no es probable que la mano dura y sus excesos puedan devolver a Costa Rica el status de Nación democrática equilibrada del que había gozado por mucho tiempo, un reconocimiento que se ha diluido por la incursión del narcotráfico en su territorio y por el nuevo enfoque político adoptado al girar más hacia la derecha.
Ante ese panorama, la pregunta que asoma inmediatamente es pensar cómo el miedo generado por la inseguridad puede sostener gobiernos de mano dura. Es posible, que en esta era de desinformación y discursos de odio, se hayan debilitado los resortes democráticos que antes nos alertaban de cualquier deriva autoritaria, para ahora tolerar lo que antes era intolerable. También hay un cambio de mentalidad, en particular entre los más jóvenes, que se desligan de la historia y sus hechos más cruentos, para depositar a un país en manos de autócratas. El desprecio por el pasado y sus enseñanzas abre las puertas para la llegada de líderes que gustan de aplicar la política del garrote. Lamentablemente, en América Latina, la memoria ha sido bastardeada y vituperada para contar una historia que sea funcional a los nuevos intereses corporativos y a las maniobras de outsiders ávidos de poder. En las últimas cinco elecciones, el continente ha visto como se ha virado hacia la derecha más intolerante, aquella que acostumbra pisotear los valores democráticos tradicionales: Argentina, Bolivia, Chile, Honduras y Costa Rica han optado por liderazgos que conllevan alto riesgo para la salud de la democracia y los derechos de los más vulnerables.
*Periodista
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