24/08/2026

Infografía Política

Repensando la aldea global

Súper El Niño: por qué el mundo mira con atención lo que viene

Por Silvia Romero

El océano está acumulando una cantidad de energía fuera de lo común, y los principales centros meteorológicos del planeta ya no descartan que en la segunda mitad de 2026 se forme uno de los fenómenos climáticos más disruptivos que se conocen: un Súper El Niño.

No es una alarma exagerada ni un titular alarmista sin sustento. Es lo que están diciendo, con matices y cautela científica, la NOAA de Estados Unidos, el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo y los organismos regionales que monitorean el Pacífico. Todos coinciden en un mismo diagnóstico: el océano ecuatorial se está calentando de forma anómala, y la energía almacenada en sus capas subsuperficiales es la de un sistema con potencial para desatar un evento de magnitud histórica.

Un fenómeno que ya cambió las reglas del juego

El Niño no es una novedad. Es parte de un ciclo natural —el ENOS— que alterna fases cálidas y frías en el Pacífico tropical. Pero no todos los episodios son iguales. Los científicos los clasifican en débiles, moderados y fuertes según cuánto se calienta el mar. Y existe una categoría que no tiene nombre oficial pero sí un peso simbólico enorme: el Súper El Niño, reservado para apenas un puñado de eventos en toda la historia moderna, como los de 1982-83 y 1997-98, bautizados sin ironía como «Niño Godzilla» y «Niño monstruoso» por la escala de destrucción que dejaron a su paso.

Lo que preocupa hoy es que las condiciones actuales del océano —vientos alisios debilitándose, ondas de calor desplazándose desde el Pacífico central hacia el este— se parecen demasiado a las que precedieron a esos episodios extremos.

Los números que no conviene ignorar

La NOAA calcula alrededor de un 60% de probabilidad de que el fenómeno se consolide entre junio y agosto de este año, y no descarta —con una probabilidad de aproximadamente una en tres— que alcance categoría fuerte hacia fin de año. Todavía hay incertidumbre sobre si llegará al escalón de «súper», pero el simple hecho de que esté sobre la mesa como escenario posible ya es una señal que ningún gobierno ni ninguna familia debería pasar por alto.

Porque un Súper El Niño no es solo un dato curioso de meteorología: es lluvia extrema donde antes había sequía, es ríos que se desbordan, es cosechas que se pierden o se salvan según cómo se lo prepare, es olas de calor que ponen en jaque los sistemas de salud, y es una tensión adicional sobre una temperatura global que ya viene acumulando records.

Sudamérica, en la primera fila

Para nuestra región, el escenario tiene un correlato muy concreto: se esperan lluvias por encima de lo normal en el centro y norte de Argentina, y en sectores de Chile, Perú y Ecuador. Eso puede ser una bendición para el campo que viene arrastrando estrés hídrico, pero también un riesgo serio de inundaciones, caminos rurales cortados y pérdidas si el agua llega concentrada en pocos días en lugar de repartida a lo largo de la temporada.

La cordillera podría acumular más nieve, lo cual mejora las reservas hídricas a futuro, pero también multiplica la posibilidad de tormentas intensas en el corto plazo. Es la paradoja de estos fenómenos: alivian un problema mientras crean otro, y la diferencia entre catástrofe y oportunidad suele estar en qué tan preparados estemos.

Por qué esto ya no es «solo» El Niño

Hay un dato que los especialistas repiten con insistencia: el fenómeno que antes aparecía una vez por década ahora se presenta cada dos o tres años. El calentamiento global no genera El Niño, pero actúa como un amplificador silencioso: cada episodio suma entre 0,1 y 0,2 grados a una temperatura del planeta que ya acumula más de 1,3 grados desde la era preindustrial. Y por cada grado que sube el aire, la atmósfera retiene un 7% más de humedad, es decir, más combustible para lluvias extremas cuando el sistema decide descargar.

La ventana que todavía tenemos

Los propios climatólogos advierten que estamos en la llamada «barrera de primavera», el momento del año en que los pronósticos son menos certeros. Recién entre abril y mayo los modelos empiezan a ganar precisión, y habrá que esperar los próximos meses para saber si este episodio se queda en un Niño fuerte o escala a la categoría excepcional.

Pero ahí está exactamente el punto: la incertidumbre no es una excusa para esperar sentados, es la razón para prepararse ahora. La experiencia de décadas anteriores dejó una lección clara —no hace falta acertar la intensidad exacta del fenómeno para que anticiparse reduzca drásticamente los daños. Sistemas de alerta temprana, drenajes reforzados, planes de contingencia agrícola, previsión en el consumo eléctrico y hospitales listos para picos de demanda no son gastos de lujo: son la diferencia entre atravesar el fenómeno con costos manejables o pagar un precio mucho más alto en vidas, infraestructura y economía.

El Pacífico todavía está terminando de definir qué tan lejos va a llegar. Lo que ya no está en duda es que el mundo —y en particular Sudamérica— tiene por delante una temporada que exige atención, información y, sobre todo, preparación.


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