Marcos Mundstock, el ebanista de las palabras

A los 77 años, murió el actor, guionista, músico y locutor Marcos Mundstock. Cómo olvidarlo, su inacabable capacidad para jugar con las palabras, su inconfundible voz y su particular picardía gestual se articulaba armoniosamente con sus compañeros de Les Luthiers para invitarnos al juego luminoso de la risa. Juntos, con el ingenio como invitado estelar, elaboraron un humor inteligente, culto, acompañado de instrumentos creados para que la música fluyera a la par del humor.

Bromato de amonio

Marcos era descendiente de inmigrantes judío-polaco, pero ello no le impidió convertirse en un malabarista de la palabra, sus guiones y sus relatos se veían nutridos de artilugios para dotar de nuevos significados a las frases, sorprendiendo e invitando a la risa. En esos juegos de palabras, las ocurrencias generaban sorpresa, para rematarlo con una salida impensada, como cuando decía que “el monólogo se produce cuando habla uno solo; pero si se trata de dos, en vez de ´monólogo´ deberíamos llamarlo biólogo”. O cuando afirmaba que “el diptongo se activa al juntar dos vocales, pero qué pasa si se juntan dos consonantes? Sin duda, habría de llamarse un “consonantongo”.

Los inicios de Les Luthiers se remontan a la época en que eran estudiantes, donde formaban parte del coro universitario de Buenos Aires. En esa época, las bromas a los compañeros fueron creando los cimientos de los que sería luego un espectáculo de humor. En un primer momento, se llamaron I Musicisti, entre 1965 y 1966. Luego, en 1967, adoptaron el formato de Les Luthiers durante más de medio siglo. Desde entonces, han ofrecido 7.600 presentaciones y han sido vistos por más de 10 millones de espectadores.

Humor con Shakespeare

Mundstock además fue actor, la última película en la que actuó es El cuento de las comadrejas, dirigida por Juan José Campanella.

Los que lo conocían bien afirman que era un hombre de paz, divertido y punzante, y que honraba la palabra amigo. Disfrutaba de su trabajo de hacer reír, de jugar con las inflexiones vocales, de sentir que su público disfrutaba de cada función.

Así como el ebanista talla la madera con maestría dándole formas impensadas a un mueble, del mismo modo Marcos construía castillos risueños con las palabras, edificaba palacios alegres con gestos únicos, elevaba torres imaginarias con cada gag repentino. Sin duda, poseía el talento de un artesano de la palabra, era un ebanista del lenguaje que tallaba con humor inigualable cualquier escena.

Aquí, en la tierra, nos queda el gran recuerdo de su gracia y su voz. En el cielo, será un tiempo para disfrutar de sus inefables palabras y de su sentido del humor. Allí, tal vez, Mastropiero siga haciendo de las suyas.

Por Walter Calabrese

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